
Por Claudia Serrot
"La moda es una de las presiones más gratificantes de la vigorosa sociedad de consumo".
Adrián Balley
Pareciera que nada cambia: la moda nos sigue diciendo lo que tenemos que ponernos, a riesgo de parecer ridículos si nos decidimos a no llevar la moda que debemos (por grupo etario, o social, o lo que fuere). Ya lo decía Charly García en una entrevista hace unos días atrás: un psicólogo de la policía le dijo una vez que él no se vestía "como uno de cincuenta años".
Todos sabemos que la indumentaria actúa como nuestra máscara ante el mundo, es uno de nuestros signos de autorrepresentación más fuertes: en la imitación del modelo vigente, encontramos la tranquilidad de "pertenecer" a determinados estratos de la manera más adecuada.
¿Existe entonces un resquicio donde se pueda colar la creatividad en el sistema de la moda? ¿La moda es libertad, como dice John Galiano, o somos todos fashion-victims, como sostiene Moschino?
La respuesta no es sencilla, básicamente porque nos hallamos tan atravesados por cuestiones culturales dominantes y tendencias creadas por el marketing que no sabemos si lo que hacen los diseñadores es de ellos, de ellos más algo de los otros o simplemente son re-creaciones de algo que fue hecho con anterioridad, sólo que algunos diseñadores han logrado resignificarlo de manera más o menos exitosa (no dejo de pensar en las reelaboraciones de la ropa de batalla en la moda de Valentino: ¿las modelos irán a la guerra?).
Entonces entre el capri o el oxford no queda mucho espacio de decisión que digamos (sobre todo en esta sociedad cordobesa que nos toca vivir), lo que da como resultado una gran homogeneidad en los usos y costumbres sociales en general, y en este "atenerse" a la moda en particular, obedeciendo sumisamente a los mandatos que nos vienen de otro lado.
¿La respuesta es diseñar con identidad propia? ¿Existe una identidad "cordobesa" o "argentina"? (no quiero respuestas del tipo "el mate, el tango, la pampa o las culturas indígenas": el tango, si representa a alguien, es a Buenos Aires; la pampa ya casi no es nuestra y las culturas indígenas están tan avasalladas que sería aún más obsceno aprovecharse también de su riqueza cultural).
Como se ve, los interrogantes son muchos, y las respuestas no son fáciles de elaborar.
Hace unos días se presentó en Barcelona la llamada "ropa inteligente": camisas con microchips incorporados que permiten abrir y cerrar puertas, chalecos con airbags para proteger de caídas eventuales, abrigos con sistemas GPS (o Sistema de Posición Global, en criollo), y otros caprichos tecnológicos que están surgiendo en este mix tecnología-consumo-diseño-información. (Por favor: no olvidemos que el origen de la gran mayoría de estos experimentos es la industria de la guerra).
Es más: Nokia ha sacado su primera "bijou" digital, una joya que se cuelga al cuello (llamada "Nokia Medaillon"), con un pequeño display de cristal líquido que va pasando, de a una, hasta ocho fotografías durante quince horas seguidas. (Aclaración: viene en dos modelos, uno con curvas plateadas, más sofisticado, y otro modelo más hippie, sostenido por un cordón).
¿Se encuentra aquí la punta de una revolución creativa en el diseño de moda? ¿Los campos del diseño (industrial, gráfico, visual, de indumentaria) se están solapando para crear nuevos productos, ya inclasificables?
Posiblemente. Aunque debo decir que nosotros, desde nuestro quinto mundo, simplemente nos limitaremos a mirar como ocurren estos cambios (por otro lado, avances propios de las sociedades opulentas), mientras decidimos, concienzudamente, si nos quedamos entre el capri o el oxford.
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